A la mitad de mi periplo vacacional, hago un alto en el camino, para pasar a relatar los diversos acontecer y lugares que he ido encontrando en mi ruta veraniega.
La primera etapa transcurrió por tierras de Extremadura bajo un cielo limpido y unas jornadas de intenso calor. Tras un breve paseo por el pueblo medieval de Trujillo, localidad natal de Pizarro, el Conquistador de Perú, hicimos noche en Cáceres, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Resultó un ser sosiego pasear, al caer la noche por el recinto y calles de la vieja cuidad amurallada, poblada de palacios, iglesias y casas blasonadas firme vestigio de pasadas grandezas. Al día siguiente proseguimos nuestro viaje por tierras extremeñas, atravesando dehesas de encinas y alcornocales, hasta llegar al final de la Ruta de la Plata, a su capital administrativa la antigua Emeritus Augusta (Mérida), capital de la antigua provincia de Lusitania , llamada así por ser lugar de retiro de los antiguos legionarios veteranos. Resulta sorprendente ver el Teatro Romano, donde aún hoy en día se representan obras del teatro clásico y las ruinas de su próximo anfiteatro y circo romano. Nuestra próxima parada fue en Zafra donde tuvimos ocasión de contemplar, el magnífico palacio fortaleza del Duque de Feria, hoy convertido en Parador de Turismo y pasear por sus encantadoras plazas medievales (La Grande y la chica)con sus soportales y arcos de medio punto.
Abandonamos Extremadura, no sin antes dar buena cuenta de sus caldos y degustar suculentos platos de sus reconocidos quesos (Hay quien dice que la Torta del Casar es el mejor queso del mundo) y sus exquisitos embutidos, procedentes la carne de la de cerdo ibérico, raza autóctona, que se alimenta en libertad por la dehesas de bellotas de encina, que dan origen al sin duda alguna al mejor jamón y lomo que uno pueda haber probado.
Nuestro próximo destino, fue la Capital Hispalense, Sevilla. Antes de llegar nos detuvimos en las afueras de la cuidad para contemplar, soportando un sol abrasador a mas de 40 º1 de temperatura, una de la ruinas romanas mejor conservadas de la Peninsula Ibérica: la ciudad de Itálica.
La noche transcurrió entre fragancias de jazmin y el intenso olor de la Dama de Noche, vagando por los estrechos callejones del Barrio Santa Cruz, la antigua judería. Casas encaladas de blanco, ventanas enrejadas y tiestos de flores jalonaron nuestro recorrido por el callejón del agua, la Plaza de los Venerables (donde se encuentra la famosa, por ,las andanzas del Tenorio, Hosteria del Laurel), la plaza de Doña Elvira con su Cristo de los faroles. Junto a los Jardines de Murillo, en Casa Modesto nos recuperamos de un intensa jornada dando cuenta de su deliciosa cocina.
A la mañana siguiente, visitamos, como no, la Catedral de Sevilla, el mayor templo gótico del mundo y la segunda nave después de San Pedro (ninguna Iglesia Católica puede tener mayor planta que la Basílica del Vaticano), erigida sobre la antigua mezquita árabe, con su imponente minarete conocido por todo el orbe por la Giralda, por estar coronado por una veleta llamada el giraldillo. Junto a la Giralda se encuentra los Alcazares, el palacio Mozárabe levantado a instancias del el Rey Castellano, Pedro I de sobrenombre el Cruel a imagen y semejanza de los palacios califales.
Tras una visita a los Alcazares y sus Jardines, nuestro siguiente destino era el parque de Maria Luisa, sede de la antigua Exposición Universal celebrada en Sevilla a principio del siglo pasado. De nuevo el agradable rumor de sus fuentes, la fragancia de su flores y la reconfortante sombra de su arbolado nos acompaño durante nuestro paseo matutino. Tras unas fotos de rigor en la Plaza de España. Emprendimos nuestro camino por tierras andaluzas al que iba a ser nuestro destino por unos días. La Costa del Sol en la provincia de Málaga
Nuestra estancia en Torremolinos transcurrió monótona y placenteramente, tomando tranquilamente el sol, y la sombra, bajo las Palmeras de la playa, dando largos paseos junto a la orilla del mar y disfrutando de interminables baños dada la calidez de las aguas. Tuvimos suerte en que a pesar de las amenazas de medusas en otros puntos de litoral Mediterráneo, éstas no hicieron su aparición.
No todo fue turismo de tumbona y playa, hubo ocasión para visitar en la ciudad de Málaga, el castillo Nazarí de Gibralfaro y su preciosa Alcazaba (cuidad árabe fortificada), el precioso y afortunadamente aún poco conocido, pueblecito morisco de Frigiliana, de empinadas y estrechas calles, situado al pie de la montaña, junto a Nerja, dónde tambien tuvimos ocasión de visitar sus grandiosas Cuevas.
La diversión tuvo lugar por la noches de Marbella, Puerto Banus, Puerto Marina, plagadas de discotecas y barres de copas, en los que entre el bullicio, los alegres ritmos de moda y rodeados de gente guapa pasaron varias de nuestras veladas.
No me puedo dejar de olvidar de la Carihuela , antiguo barrio de Pescadores en Torremolinos, donde se degustan en sus innumerables tabernas y restaurantes (La lonja, Casa Juan, Los Roqueos), las mejores frituras de pescado (boquerones, salmonetitos, calamaritos..) y espetos de sardina (sardinas ensartadas en un trozo de bambú y asadas al ascua de la encina sobre la arena) que usted pueda imaginar.
Después de unos días de descanso a la vera de mar, continuamos nuestra ruta en dirección a nuestro país vecino, Portugal, no sin antes disfrutar de las playas de Huelva, extraordinarias e interminables arenales dorada junto a dunas y pinares, con evocadores nombres que nos recuerdan que estamos en tierras colombinas (Isla Antilla, Isla canela, Isla Cristina,Punta Umbría,).
Nuestra primera noche en Portugal fue en Mértola, un precioso y sorprendente pueblo situado a la vera del río Guadiana, constituyendo un importante puerto fluvial en la antigüedad como evidencian sus abundantes vestigios tanto romanos como árabes. Corona el pueblo un bien conservado castillo árabe con sus murallas y almenas, junto al mismo se encuentra una blanca mezquita y es una verdadera delicia pasear por sus empedradas y sinuosas calles que se van desplomando desde la muralla y hasta llegar la vera del río.
Nos alojamos en un sencillo, pero limpios y bien cuidado hostal a la vera del rio. Aconsejados por su encantadora dueña, nos dirigimos a una taberna cercana al hostal en la cual dimos buena cuenta de la cocina y vinos de la región del Alentejo, y lo que es mejor a unos precios estupendos.
En Mertola, gracias al cántico de varios gallos, tuve ocasión de disfrutar de uno de los mejores amaneceres que recuerdo. Mirando por la balconada de mi habitación pude contemplar como la luna se ocultaba bajo la silueta del Castillo, mientras sus muros almenados se iban lentamente iluminándose de un tenue dorado, a medida que el sol se levantaba por la colina opuesta. Frente a mi, las plateadas aguas de Guadiana, reflejaban las casas del pueblo. El silencio era total, solo ocasionalmente alterado, por de canto del gallo, el suave chapoteo de de alguna garza en la orilla del rio ó el monotono salto de los pez que a esa temprana hora se afananban en busca de alimento, rompiendo el espejo del agua con sus ondulaciones.
Al día siguiente proseguimos nuestra ruta, por caminos de frontera, a través de una carretera comarcal rodeada de arboles y disfrutando de un paisaje de suaves colinas. por otra parte paraiso de la caza, a saber por la cantidad de perdices y conejos que fuimos encontrando a nuestro paso, atrás fuimos dejando bomnitos pueblos como Castro Verde, Beja, Aljustrel, hasta llegar a la autopista en dirección a Lisboa. El camino a Lisboa trancurrió comodamente atravesando los inmensos bosques de pinos poblan esa parte del territorio portugues.
Regresar a Lisboa es como volver a encontrase con una antigua amante , que dormida aún conserva el encanto de epocas pasadas de su gloria de ultramar. Se ve que la ciudad a pesar de su aspecto decimonónico y algo decadente, ha mejorado tras las remodelaciones que sufrió con motivo de la Expo y su declaración como Ciudad Europea de la Cultura.
Aprovechamos nuestra estancia para pasear por sus plazas, calles con terrazas y por el antiguo y pintoresco barrio de la Alfama, al cual subimos en un encantador tranvía repleto de turistas como nosotros. Desde el alto, en el castillo de San Jorge,tuvimos ocasión de contemplar una extraordinaria vista de la ciudad y el estuario de Tajo.
Como no podía ser de otra forma, nos dirigimos después en tranvía, hacia Belen para visitar su emblemática torre , autentico icono de la capital lusa y hacernos unas fotos en el impresionante monumento a los Descubridores en la desembocadura del Tajo, el cual nos recuerda la vinculación del Portugal con el mar y su contribución en la era de los descubrimientos. Frente al mismo se haya el Monasterio de los Jerónimos, autentica joya del arte manuelino, cuyos canteros con extraordinaria destreza, han esculpido en la piedra figuras y motivos relacionados con el mar (Conchas, maromas, anclas,...).
Al caer la noche, dejamos atrás Lisboa, para pernoctar tranquilamente en una casa rural, Quinta do Covanco, situada, en las proximidades de Lisboa, cerca del bonito pueblo de Alenquer. Se trata de una antigua explotación agricola, estupendamente reformada y decorada con exquisito gusto, como si de un museo se tratara. La Quinta esta rodeada de viñedos y en cuyas dependencias pudimos contemplar de la mano de su propietario, Eduardo, las antiguas bodegas de vino con sus viejos toneles de mas de 500.000 ls y un magnífico alambique de cobre, en el que su abuelo destilaba los hollejos de la uva para obtener un buen aguardiente, según nos relató su orgulloso propietario.
Después de un delicioso desayuno con mermeladas y dulces caseros, decidimos ir a nuestro próximo destino, el pueblo de Obidos, atravesando la ruta de los vinos del Oeste.
El día era precioso. Un intenso cielo azul, como todos los que nos acompañaron a los largo de nuestro viaje, iluminaba el verde de los exultantes viñedos y arboles frutales que se nos mostraban por doquier. A pesar que la carretera tenía más curvas de las que hubieramos deseado resultó ser un placetenro y refrescante trayecto.
La llegada a Obidos fué un regalo sorprendente para la vista. Se trata de un pequeño pueblo amurallado, coqueto y elegante como corresponde a la naturaleza de su historia femenina. No en vano se la conoce como la Ciudad Nupcial por ser desde hace mas de siete centurias, reagalo de boda de los reyes de Portugal a sus reinas.
El blanco de sus casas,situadas intramuros y con estrechas calles peatonales y empedradas sólo se ve alterado por el morado de enormes buganvillas que penden de sus fachadas y los ribetes de azul y amarillo intenso con el que pintan algunas casas.
Lo cierto que cuando uno piensa en Portugal, por mucho que digan que pensamos en blanco y negro, se le vienen a la cabeza tres colores. El blanco de sus casas y pueblos, el verde de sus bosques y viñedos y el intenso azul del cielo, del mar atlántico que baña sus vastas costas y de su cerámica, de la cual los portugueses son auténticos maestros.
El paseo por Obidos fue una buena ocasión para hacer fotos de sus bellos rincones y comprar algunos recuerdos en la múltiples tiendas de cerámica y souvernirs que abundan en sus callejuelas.
Al cabo de unas horas , proseguimos nuestra ruta por una atascada carretera, para visitar el cercano monasterio cisterciense, patrimonio de la humanidad, de Alcobaça. Resulta sorporendente ver la monumentalidad del edificio así como la grandiosidad y altura de la iglesia, por otra parte con una total desnudez en sus muros.
En su interior se puede contemplar los preciosos sepulcros del siglo XV ,del Rey Pedro I y su amante la gallega Inés de Castro, cuya historia de amor constituye uno de los mejores melodramas que podemos imaginar. De Doña Ines se dice que reinó despues de muerta, ya que tras ser asesinada por los nobles,cuando el infante D. Pedro, a la muerte de su padre llego a ser Rey, hizo desenterrar su cadaver y la sentó junto a él en la ceremonia de entronización, obligando a los nobles del Reino apostrarse ante el cadaver de Dña Inés y besar su mano.
Despues de Acobaça, hicimos un alto en el vecino pueblo de Batalha ,donde se erige un extraordinario monasterio mandado construir por el Rey Juan I en acción de gracias por la victoria frente a los tropas de Castilla en la famosa batalla de Aljubarrota en 1385 , por la que se consolidó la dinastia portuguesa.
Para el viajero que recora estos parajes, le recomendamos no deje de visitar el Santuario de Fátima y el pueblo medieval de Tomar, ciudad en la que se refugiaron los últimos caballeros templarios.
Tras la disolución de la Orden por el papa Clemente V a principios de 1300 los caballeros templarios huyerón por Europa sufriendo terribles persecuciones, refugiandose en la ciudad de Tomar en la establecieron su capital tras su refundación bajo el nombre de los Caballeros de Cristo. Es impresionante pasear por las calles y puentes medievales de Tomar y perderse por las bien conservadas ruinas del Convento de Cristo.
Ese día tras dejar a un lado, la ciudad de Oporto, nos encaminamos al lugar elegido para pernoctar. En este caso, se trató de la Quinta das Alfaias en el pueblecito de Fazoces a unos 15 km de la capital del Norte, como se conce a Oporto en dirección al aeropuerto. Nos alojamos en una depedencias anejas a la casa central de la propiedad, cubiertas de una copiosa enredadera y en la que frente a nuestras habitaciones nos colocaron, clavadas en unos maceteros, unas banderas españolas identificando la nacionalidad de sus huespedes.
Tras dejar el equipaje y acomodarnos en nuestras habitaciones nos dirigimos al cercanos y costero pueblo de Vila Do conde para disfrutar de una copiosa cena regada con un buen vinho verde.
Amaneció como de contumbre, con un precioso día, si bien la temperatura,dada nuestra proximidad a la tierras gallegas era más benigna.
Desayunamos tranquilamente, en un precioso y amplio cenador,junto a la piscina, en el jardin inglés que rodeaba toda la Quinta, repleto de arboles y enormes macizos de hortesias.
Despues de hacer planes para lo que iba a ser nuestra última etapa en Portugal, decidimos dirigirnos a la Cuna de Portugal, la preciosa ciudad de Guimaraes. Como pudimos ver, paseando por su casco antiguo, una banderola con la enseña y colores portugueses, colgándo de un viejo caserón, decía: "Todo empezo aquí en 1.139".
Efectivamente aquí nació y tuvo su corte el primer Rey de Portugal Alfonso Henriques, hijo de Enrique de Borgoña y la infanta Teresa de León, quienes heredarón como dote de boda de su padre el Rey Alfonso VI el condado de Porto Cale.
En Guimaraes ademas de perdenos, por su bien cuidado caso medieval, visitamos el castillo del Rey Alfonso, así como el sorprendente, por ser único en la peninsula ibérica, Palacio de los Duques de Brazanza de estilo Borgoñes.
Tras una frugal comida, nos dirigimos, no sin melancolía y por que no decirlo cierto cansancio hacia lo que está siendo nuestra última etapa vacacional: Asturias, Patria querida...Asturias, paraiso natural

Hermoso relato de tu cuaderno de viajes, estare atento a un proximo relato...
Que lo sigas pasando bien....
Un abrazo...
Leo...