CONT.....Un día ,entrada ya la primavera, fuimos invitados a casa de los padres de mi amigo Mario. Allí mi madre tuvo la oportunidad de conocer a Dña. Asunción, esposa del Doctor Fernando Sánchez , con quien congenió desde el primer momento y fue el comienzo de lo que a lo largo de los años llegaría a ser una estrecha y sincera amistad.
Dña. Asunción que, por aquel entonces, tendría unos 40 años, era una mujer muy extrovertida a la par que atractiva. Si bien su estatura no era muy elevada, sino más bien lo contrario, su locuacidad y la vivacidad de sus grandes ojos negros, la convertían, donde quiera que se encontrara, en el centro de atención de todas las miradas.
Su marido, unos 10 años mayor que ella, era una persona de carácter franco y afable, con la que te podías sentir muy a gusto conversando. Puede que, debido a los años que llevaba ejerciendo su profesión médica, estar a su lado, te produjera una sensación de seguridad y confianza, mientras él atentamente escuchaba tus palabras. Únicamente solía intervenir en la conversación, para solicitarte alguna aclaración o precisión relativa al sentido de tus comentarios.
Don Fernando era una persona enamorada de España, país que conocía bien, no en vano había cursado sus estudios de medicina en la Universidad de Salamanca. La plaza Mayor y sus aledaños, la Catedral, la plaza Anaya, habían sido junto con la Universidad lugares que quedaron fijados en su mente, formando parte de sus recuerdos y ,en cierta medida, sustancia misma de su dilatada vida. Por otro lado a través del Ateneo Ramón y Cajal tenía ocasión de colaborar con varios de los más de 500 médicos españoles que se refugiaron en México.
De su estancia en España, Don Fernando, había adquirido la costumbre de ir a los toros, llegando a quedar tan prendido del mundo taurino, que incorporó a su intensa actividad profesional la de cirujano jefe de la plaza Monumental de Méjico. De esta forma, decía él, podía armonizar su pasión de toda la vida, la medicina, con un amor más reciente que le había cautivado, la Fiesta.
Habitualmente acudía, cada vez que había una corrida, a la plaza Monumental donde tenía la oportunidad de ver a las figuras consagradas del otro lado del Atlántico, compartiendo cartel con los toreros mejicanos más en boga.
Este fue el caso de la corrida a la que asistimos invitados por los padres de Mario. En aquella tarde toreaba entre otros diestros, que ahora no recuerdo, Manolete, que por aquel entonces estaba en lo más alto de su trágica y exitosa carrera.
Aquel acontecimiento sacó a mi madre de su anodina rutina, haciendole brotar de su interior sus profundas raíces andaluzas. Se atavió con un majestuoso, por sobrio y elegante, sombrero cordobés y se puso un hermoso clavel rojo, prendido en sus negros cabellos, convirtiéndose por unas horas en embajadora de las mejores esencias de nuestra tierra hispana. Mi madre y Dña. Asunción hacían, muy buena pareja como exponentes del salero y elegancia de uno y otro lado del Atlántico.
El bullicio de la plaza, la belleza de las mujeres mejicanas ataviadas con hermosos vestidos de gran colorido, el ondear de blancos pañuelos al compás de un pasodoble, el paseíllo toreros y aguacilillos, formaban un conjunto festivo como nunca había presenciado anteriormente.
La fiesta taurina, gozaba de gran auge y afición, en éstas tierras, con multitud de plazas dispersas por sus pueblos y ciudades. Pero ninguna podía igualar en grandiosidad a la Monumental de la capital Azteca.
Méjico y su pueblo, habían integrado en su acerbo popular su amor y pasión por los toros. La Fiesta, había arraigado profundamente en el alma de Nueva España, como se conoció a Méjico durante la colonización, en la que la lidia, se convertía en un ritual donde los arcanos de los pobladores indígenas probablemente encontrarán su refugio.
Arte, valor, solemnidad, pasión y amor están presentes en la arena, culminando indefectiblemente en un incierto, sangriento y purificador, sacrificio que sublima la existencia misma del toro y su matador, dándoles sentido y grandeza a ambos.
Mis padres estaban realmente alegres y emocionados aquel soleado día. Desde el tendido de barrera, cercano a la puerta de la enfermería donde normalmente se ubicaba Don Fernando, se vivía con toda intensidad la lidia. El primer toro de la tarde le había correspondido a Manolete, quien hizo una faena con pulcritud y maestría, sacándole el partido que pudo a un toro manso y con poca fuerza. Al dar muerte al animal tras una certera estocada y después de una división de opiniones entre el público se metió en un burladero, cercano a donde estábamos. Se le podía ver su enjuto rostro sudoroso, con un aire solemne que denotaba una mezcla de preocupación y contrariedad por el toro que le había tocado en suerte.
El sonido de los clarines anunció la salida del segundo de la tarde, un enorme toro bragado que irrumpió en la plaza con decisión, resoplando con fuerza y alzando al cielo sus puntiagudas astas mientras cabeceaba en señal de desafío. De golpe se detuvo en el centro de la plaza, miró a derecha e izquierda mientras rascaba con su pata delantera en la arena, intentando hacerse una composición del lugar donde estaba y rodeado de una multitud de personas expectantes. Ante lo inédito y amenazador de la situación, su bravía le impulsó a arremeter con valentía hacia nuestro. burladero.
De pronto, vi como una enorme mole negra se abalanzaba sobre nosotros fijando sus ojos en mi. Golpeó con fuerza sus astas contra los maderos de la plaza, mientras intentaba a toda costa saltar a los tendidos.
Su atención se desvió al ver como el torero mejicano, encargado de su lidia, le citaba con su roja capa, ayudado por unos provocadores gritos, que podían oírse con claridad en medio del silencio que se hizo en la plaza.
El torero, situado en un sitio peligroso, cerca de la barrera, recibió la larga embestida con un par de capotes que hicieron al publico romper su silencio. Después de una tanda de pases con la capa ejecutados con verdadera destreza, finalizó el tercio con varias verónicas y chicuelinas de adorno que provocaron el júbilo del público. El diestro estaba dispuesto a triunfar en aquella tarde, y sentía el sabor del mismo en las gotas de sudor que iban a parar a sus labios. Tras picar al toro y finalizar el tercio de banderillas, cogió la muleta y el estoque y fue con pasmosa lentitud y arrogancia torera al círculo central donde se dispuso, como sumo sacerdote, a llevar a cabo el rito de la vida y muerte.
El animal, pareció comprender lo que el destino le había deparado y aceptó con nobleza y entrega la desigual lucha. Se hizo de nuevo un sordo silencio en la plaza, mientras el diestro preparaba su estoque y la muleta para continuar con la lidia.
Después de una eterna tanda de naturales, en las que la res se fundió, con el diestro enfebrecido, en una danza de sangre y muerte, la banda de música inició un pasodoble. El público festejó los primeros compases alborozado, viendo como su torero, con temple y valentía, iba culminando, con tal variedad de lances, una faena merecedora, sin duda de varios trofeos.
- EL triunfo no se me puede escapar – a buen seguro que pensó el joven diestro cuando estaba recogiendo el estoque de matar - la plaza está entregada y otro toro como este no lo encuentro en mucho tiempo.
El toro jadeante y mostrando las señales del castigo al que había sido sometido, esperaba pacientemente que el torero diese fin a su vida y acabara con su pública agonía. Un último silencio, se hizo en la plaza; el momento de la verdad iba a llegar. Una sensación de vacio y aislamiento se hizo patente en el ruedo. Allí cara a cara, res y hombre, dispuestos a morir y matar, tal como debían ser las cosas.
El torero, ensimismado y sin perder de vista a adalid de su triunfo, procedió a prepararle para el sacrificio. Llevó al toro a la altura de los medios; cuadró e igualó, sus cuartos delanteros; arrastró la muleta, buscando la mansa humillación del toro ofreciendo su dorso.
El diestro flexionándo su rodilla mientras levantaba el acero de su espada, le quiso, en señal de agradecimiento, dar al animal la oportunidad de morir matando , y se dispuso a darle muerte recibiéndole.
Por unos instantes, sus miradas se cruzaron, como queriendo decirse algo en señal de despedida. Un sudor frío se apoderó del cuerpo del torero atenazándole por entero.
El noble animal, arrancó con fuerza, haciendo acopio de toda la bravura que aun le aferraba a esta vida, avalanzándose sobre el matador. Este aguantó por un instante la tremenda embestida y se dispuso a clavar el estoque en la espalda del toro. Tras el impacto inicial que sufrió, en su muñeca, el torero al romper la piel y musculatura, la espada se introdujo en el cuerpo de la res, al tiempo que el pitón izquierdo, del toro malherido, se enganchaba en la chaquetilla al torero volteándolo en el aire.
Un súbito grito helado cubrió de angustia toda la tarde de fiesta. Durante unos interminables momentos la plaza enmudeció. Mientras caía al polvoriento suelo, después de efectuar fatídicas piruetas, el diestro sintió como el pitón del toro se le introducía en su muslo, provocándole un tremendo desgarro.
El animal, en sus últimos estertores de muerte, se ensañaba con el cuerpo del torero, cabeceando sin cesar, a diestro y siniestro, mientras luchaba desesperadamente por librarse de la espada que vomitaba la sangre de su corazón partido. Tan rápido como pudieron los subalternos acudieron con sus capotes para alejar al toro de su equivocada víctima.
Don. Fernando, cuya experiencia le hizo presagiar la gravedad de la cogida, se apresuró a salir corriendo hacia la enfermería mientras decía a su ayudante - !Rápido no hay tiempo que perder! ¡preparar el quirófano! - y voz en grito chillaba, a los peones de la cuadrilla - ¡ Por el amor de Dios! ¡ sacarlo de ahí debajo! ¡ Hacer un torniquete, un torniquete!.
El pobre infortunado, logró, por fin, librarse del astado del toro e intentó en vano ponerse en pie, nublándosele la vista y desvaneciéndose al sentir como su sangre caliente le salía a borbotones, mientras, su maltrecho cuerpo, era llevado en voladas.
Camino de la enfermería, recobró por momentos el conocimiento; pudo ver la gravedad de sus heridas en los borrosos rostros del público horrorizado. Al pasar junto donde estábamos, la inmensa palidez de su rostro demacrado por el dolor, contrastaba con la sangre que cubría por doquier el lujoso traje de luces grana y oro que había elegido para esa tarde.
La enfermería, un pequeño cuarto de azulejos verde claro, estaba dispuesta para recibir al herido. No era un recinto muy grande pero, eso si, tenía una buena claridad y estaba muy limpio. Gracias al tesón de Don Fernando, recientemente se había modernizado las instalaciones y el equipo quirúrgico. En el centro de la sala, bajo unos focos que emitían una intensa luz, había una camilla donde depositaron, en medio de un alboroto general, al malherido diestro. Solo Don Fernando, parecía capaz de mantener la calma y saber que iba a hacer a continuación. La vida del pobre chico que tenía desvanecido frente a si, debatiéndose entre la vida y la muerte, dependía de como actuara en los próximos minutos.
Con los años había llegado a adquirir una destreza y control de si mismo, bajo situaciones de alta presión y riesgo. Lo importante era, en estos casos, cortar la hemorragia y limpiar a fondo las heridas. Se tenía que evitar,a toda costa, el riesgo de infección provocado por los desgarros del asta de toro, así como restablecer cuanto antes el flujo sanguíneo por todo el cuerpo.
Sin dudar un momento, ordenó que salvo dos enfermeras y un médico auxiliar, todo el mundo abandonara el quirófano. El torero había perdido ya varios litros de sangre y necesitaba una transfusión. Con rapidez Don Fernando identifico las trayectorias que había seguido el asta de toro en la cogida y procedió de inmediato. a suturar la arteria femoral que había sido seccionada, al tiempo que introducía gasas coagulantes por dentro de las heridas.
Una vez controlada la hemorragia principal y tras tres angustiosas horas de quirófano, Don Fernando salió , de la sala donde había operado al torero, con el rostro visiblemente agotado y sudoroso. La tensión, acumulada durante la larga espera, de la cuadrilla y amigos del infortunado se relajó de golpe. Las palabras tranquilizadoras del doctor dieron cabida a la esperanza - Todo ha ido bien. Ahora solo nos queda rezar a Dios para que no haya ninguna complicación.
Mi admiración por el padre de mi amigo Mario, creció por momentos. Era mi primera experiencia cercana a la muerte. La había visto de cerca, en el rostro, blanco como el mármol, del torero camino de la enfermería. Don Fernando la había alejado para otra mejor ocasión. El sólo con sus manos, dotadas de un preciado don ,había podido devolver a la vida a un pobre joven sediento de gloria.
Don Fernando, luego de dar las últimas instrucciones a su equipo, se dirigió a mi padre y le dijo animosamente: - Compadre, ¿ que tal si nos vamos a cenar por ahí?. Ha sido un día duro y nos merecemos un homenaje.
Las caras de todos los presentes no salían de su asombro. Su mujer Doña Asunción, cogiéndole del brazo, comentó con la sonrisa en la cara - Estupendo, ¿ No le parece Doña Carmen ?-Mi madre, después de mirar a su marido en busca de su asentimiento contestó - Como ustedes quieran. ¿Sí a Don Fernando le parece bien….? ¡ Vamos allá!.
Nos dirigimos todos a un famoso restaurante que había en la afueras de la capital. La noche era del todo primaveral y era apetecible disfrutar de una velada , bajo la luna en un preciosa terraza con vistas a un jardín.
Después de una copiosa y animada cena , a base de enchiladas y tacos, en la que Doña Asunción nos relató mil y una simpáticas anécdotas , finalizó felizmente una jornada que jamás he podido olvidar….
CONT...