CONT..
Con su gastada sotana, le veíamos siempre de un sitio a otro, paseando lentamente balanceándose a derecha e izquierda y ensimismado en sus pensamientos, como si quisiera resolver algún intrincado teorema ó postulado nuevo. Otras veces cuando su mente le pedía descanso, leía incesantemente, y de manera autómata, un gastado misal que llevaba entre sus finas manos, moviendo ligeramente los labios mientras en voz baja, casi de forma inaudible, recitaba algún que otro salmo.

Era allá por el mes de Junio cuando celebrábamos los exámenes de fin de curso, en aquella ocasión creo que era los de cuarto de bachiller. Tras una semana de exámenes, le llegó el turno al examen de matemáticas.

A pesar que durante el curso había trabajado mucho, salí del examen, al igual que gran parte de mis compañeros con la sensación, o mejor dicho con la casi absoluta certeza que lo iba a suspender. El padre Armando se había sacado de la manga unos intrincados problemas y ecuaciones cuya resolución te introducía en un tenebroso mundo de números y signos se asemejaba a un jeroglífico cuya resolución te introducía en un tenebroso túnel cuya luz no se alcanzaba a vislumbrar.

La decepción que teníamos todos era grande. Nos parecía del todo injusto que todos unos meses de esfuerzo se fueran al traste por aquella jugarreta que nos habría gastado el profesor.

No se nos ocurrió mejor forma de salir del atolladero, que planear un asalto en toda regla a su destartalado y sucio despacho, para sustituir los exámenes de los miembros de la Banda por otros que, con la ayuda de algún compañero de curso superior, nos darían con seguridad el aprobado que buscábamos.

Elegimos, no sin ciertas dificultades, a un voluntario para tan arriesgada acción que, a buen seguro, si fracasaba en ella supondría su expulsión inmediata del colegio. Nos llevó todo un día planificar con detalle como conseguir nuestros propósitos. Si bien teníamos algún cabo suelto, era imperioso actuar con rapidez, antes que D. Armando se pusiera a corregir los exámenes, tarea a la que se solía entregar durante el fin de semana para ocupar el vacío dejado por su actividad lectiva.

Después de repasar una y otra vez, y tras acaloradas discusiones entre nosotros, los hábitos de nuestro distraído profesor llegamos a la conclusión que la mejor ocasión sería, tras la comida, a la hora de la siesta. En ese momento de la jornada, Don Armando invariablemente se retiraba a su cuarto y acostumbraba en su retiro, lejos de miradas indiscretas, a dormitar.

Una vez decidido cuando llevaríamos a cabo nuestro plan, nos reunimos con el compañero elegido, el cual preso de nerviosismo empezaba a flaquear su confianza en sus posibilidades de éxito. Entre todos, no sin miedo y preocupación por lo que podía suceder, le animamos a cometer su valerosa acción y trasladándole la responsabilidad que suponía el que todo dependiera de él.

- ¡ Vamos Jorge! Que no se diga. ¡no seas tontaina que está chupado...! – Le decíamos dándole unas palmadas en su espalda que le hacían tambalearse- Tu actúa con rapidez que nosotros vigilamos los pasillos, en cuanto se acerque alguien, te damos la señal y sales a toda prisa... - El pobre infeliz, con unas mal disimuladas lágrimas y haciendo acopio de sus fuerzas nos dijo – No os preocupéis que todo saldrá bien -.

Cada uno de nosotros nos apostamos en las cuatro esquinas del corredor superior, donde se encontraban los aposentos de D. Armando, para dar la voz de alarma en caso de escuchar los pasos de alguna persona subiendo por cualquiera de las gastadas escaleras de mármol que procedentes del patio conducían a la biblioteca y despachos de los profesores.

Jorge, con sigilo, se acercó hasta su despacho, y tras respirar hondo y dirigirnos una mirada de aprobación, giró con su mano lentamente el pomo de la puerta, la cual con un ligero chirrido, que nos puso a todos con el alma en vilo, cedió mientras Jorge la empujaba tan despacio como podía.

Con la puerta entreabierta metió su cabeza para ver a D. Armando, quien se encontraba fuera de su campo visual mostrando únicamente un brazo extendido. No le quedó más remedio que introducirse dentro de la estancia y avanzar poco a poco evitando en la medida de lo posible el inoportuno crujir de la madera seca del suelo, para cerciorarse que el profesor dormía como era habitual.

Ya dentro de la habitación pudo ver con alivio que D. Armando descansaba plácidamente, recostado en un gastado sillón de terciopelo marrón, roncando ligeramente de forma cadenciosa. Lo primero era localizar dónde podrían estar los malditos exámenes. Echó una fugaz mirada a un lado y a otro viendo únicamente montones de viejos libros apilados tanto en el suelo como en la pequeña mesa donde él solía trabajar. Se acercó hasta la mesa para buscar dentro de los cajones. Abrió el primero de ellos y nada, miró en el segundo y tampoco. Sólo quedaba el tercero, tiró suavemente del asa para abrirlo resultando que estaba cerrado. - ¡ Mierda! ¿Dónde estará la llave? - Pensó mientras se le iba crispando el gesto por la súbita contrariedad.

Giró sobre sus pasos y después de dudar unos instantes, se dirigió hacia una pequeña silla situada junto a la ventana. Sobre su respaldo reconoció la chaqueta de Don Armando. Al llegar allí y tras mirar por un instante por la ventana, para cerciorarse que abajo en el patio todo estaba en calma, introdujo su mano en un bolsillo, sonriendo íntimamente cuando sus dedos notaron el duro de tacto de algo que sin dudar era una llave. La cogió y preso de nervios se dirigió hacia el cajón donde tenía depositadas sus esperanzas que en su interior estuviera el objetivo buscado. Introdujo en la cerradura la llave y ante sus ojos aparecieron los exámenes....

Con gran emoción y sintiendo, con fuerza en su interior, los latidos de su corazón, cogió el montón de papeles en una de sus manos y se dispuso a cerrar con la otra, de nuevo el cajón de la mesa para que Don Armando no detectara nada. Cuando se dirigía a depositar la llave en el bolso de la chaqueta, los exámenes, que a duras penas podía sujetar, se le escurrieron cayendo desparramados por toda la estancia. En un intento de evitar el desaguisado Jorge tropezó, al agacharse, con la silla provocando tal ruido que fue suficiente para sacar de su placentero descanso a Don Armando, quien sobresaltado se irguió al instante del sillón, diciendo mientras se restregaba la mano en su rostro.- ¿ Qué pasa? ¿ Quién anda ahí? – Cuando al cabo de un breve segundo su vista se aclaró, pudo ver la pálida cara de Jorge el cual paralizado de terror por haber sido descubierto miraba con la boca entreabierta a su captor.

Os podéis imaginar el revuelo que se provocó en el colegio y los acontecimientos que siguieron a tal desastre. El pobre Jorge fue sometido a todo tipo de interrogatorios y presiones para averiguar quienes más estaban detrás de todo éste asunto, manteniendo a pesar de su juventud una actitud de entereza, que fue sorpresa y ejemplo para todos nosotros. Su padre tras ser avisado acudió de inmediato para enterarse del grave comportamiento de su hijo. El director del colegio le puso al tanto de los hechos informándole del alcance que tenía la acción cometida por él.

Después de la intervención de su padre ante el Comité de Dirección del colegio, le ofrecieron un castigo que no supusiera el abandono de sus estudios y el deshonor de su expulsión, a condición de decir los nombres de los compañeros que junto a él hubieran tramado el robo de los exámenes. Jorge, enfrentándose a todos se mantuvo firme en su postura no delatándonos a ninguno de los que le habíamos conducido a tal situación.

Aquello supuso para mí, una autentica de lección de valentía compañerismo, toda vez que provenía de un chico cuya actitud. hasta el momento, no podía decirse que fuera la que podía esperarse de una persona de carácter tímido y apocado.

He de reconocer que todo éste episodio infantil, me ha acompañado durante años, no olvidando que a pesar de las contrariedades y adversidades a la que me he tenido que enfrentar en la vida, uno puede perder todo menos su estima. La lealtad a unos amigos, la defensa de unas creencias, el apoyo a los más débiles son comportamientos que deben primar por encima del interés de uno.

CONT...